La violencia nunca es buena. Nunca es justificable. Nunca es un camino legítimo para resolver un conflicto, para expresar una idea o para defender una causa.

La violencia —tenga el apellido que tenga: machista, política, verbal, física, institucional, psicológica— siempre destruye más de lo que resuelve, hiere más de lo que protege y rompe más de lo que construye.
A veces nos engañamos creyendo que hay violencias “comprensibles”. O violencias “que se explican por el contexto”. O violencias “reaccionarias”, “de autodefensa moral” o “de respuesta social”.

Es verdad que hay situaciones complejas, pero también es verdad que nunca la violencia deja un bien detrás, aunque detrás pretenda haber una razón. La violencia siempre deja lo mismo:
heridas que tardan años en cerrar, miedo, fracturas sociales, daño psicológico,
palabras que no pueden retirarse, círculos de resentimiento, una cultura de agresión que se contagia.


No importa si la violencia viene de un hombre o de una mujer, de un grupo o de otro, de una ideología o de la contraria; no importa si se reviste de orgullo, de rabia o incluso de supuesta justicia:
la violencia nunca engendra paz. Produce silencios forzados, pero no reconciliación.
Produce obediencia, pero no respeto. Produce miedo, pero no cambio verdadero.
La violencia no corrige: humilla.
La violencia no educa: imponen.
La violencia no libera: somete.
La violencia no hace justicia: multiplica injusticias.


Es fácil nombrar la violencia según convenga: machista, social, política, intrafamiliar, callejera, juvenil, verbal, económica. Pero al final todos esos apellidos son secundarios: lo esencial es la raíz, y la raíz es la misma: la violencia es siempre una forma de negación de la dignidad humana.


Cuando alguien levanta la mano, la voz o el poder para aplastar a otro, está diciendo:
“tu vida vale menos que mi impulso”.
Y eso es incompatible con cualquier visión humanista, ética o cristiana.


Por eso, condenar la violencia no puede depender del motivo, del contexto o del grupo.
Debe ser un compromiso innegociable, un pacto moral básico:
toda persona tiene derecho a ser tratada con respeto, sin miedo, sin humillación, sin agresión.


La verdadera justicia nunca nace de un puñetazo.
La verdadera libertad nunca nace del miedo.
La verdadera razón nunca grita para imponerse.
La verdadera humanidad se demuestra en la capacidad de dialogar, comprender, escuchar, contener, transformar, sanar.


Si queremos un mundo más justo, más fraterno y más humano, no podemos permitirnos justificar ninguna violencia.
Ni la propia ni la ajena.
Ni la que se disfraza de buena intención, ni la que se camufla en discursos de derechos o de justicia.
La violencia jamás construye futuro. La paz siempre comienza cuando la violencia termina.
La humanidad comienza cuando el daño se detiene. Y la verdadera justicia empieza cuando renunciamos a imponer y elegimos comprender

Por Alejandro Marquez , Cura de Bienservida, Villapalacios, Salobre y Reolid Alejandro Márquez